Julián, de diez años, llegó de
la pile de Unión pero ni bien se ubicó en el living de su casa recibió un
watsapp de sus amigos invitándolo a encontrarse en breve, en el centro, para
tomar un helado. No obstante el niño se encontraba con dos problemas: no
estaban sus padres para pedirleS dinero y ya había consumido el presupuesto
diario que le habían entregado comprándose previamente unas masitas surtidas y
una gaseosa. Y tras observar los rincones y lugares donde tal vez pudo haber algún
que otro billete extraviado, y sin resultado positivo, terminó por pararse
frente a la pequeña imagen del Buda que yacía sentado sobre monedas en un
modular.
“Buda jamás nos hará faltar el
dinero en casa siempre que le pongamos monedas a su alrededor” – había
informado a toda la familia, la mamá de Julián, el día que, tras pasar por una
santería, trajo la imagen y la colocó en un humilde espacio del living. Incluso
advirtió: “¡Y nadie tiene que robarle porque ciertamente le irá muy mal!” Pero,
pese a las palabras de su madre, la situación lo apremiaba más a quien peleaba
por la tentación de quitarle unas monedas al dios.
“Después te las devuelvo” –
conversó Julián a Buda como si esperara un guiño de ojo de la otra parte
diciéndole “dale, no hay drama, saca las que quieras”. Así que estiró sus manos
y prácticamente arrasó con todas las monedas dejándolo a Buda sentado solamente
sobre una moneda de veinticinco centavos. A un costado contabilizó $ 63 así que
rápidamente se preparó para volver a salir de casa haciéndole una nueva y
sencilla oración al dios: “¡para que veas que no soy malo, te dejé una!” Y se
fue al centro en su cross cromada.
La primera parada de los
amigos fue en la rampa cercana a la estación de trenes donde realizaron un par
de acrobacias con sus bicis y ante la mirada de otros niños que se arrimaban al
lugar. Pero Julián, que en otras oportunidades, había ostentado ser profesional
en la materia hizo esa tarde una mala maniobra y terminó por caerse de la
bicicleta provocando que todas las monedas se salieran de su bolsillo. Se
incorporó rápidamente disimulando el golpe que había sufrido en su codo derecho
y se apresuró a juntar las monedas ante la risa de sus compañeros.
Recogió las monedas que pudo
extraviando un par que quedaron entre los altos pastos que hacían tres semanas
no cortaba el municipio en el lugar. A un costado de la rampa, volvió a hacer
cuentas y se quedó con $ 51; “yo le voy a devolver $ 51 a Buda porque lo otro
me lo hizo perder él” – concluyó en sus pensamientos mientras sus allegados se
acercaron a preguntarle el origen de tantas monedas juntas, como si fuera Mario
Bross tras salir de una alcantarilla.
“Se las saqué al Buda de mi
mamá” – les informó Julián entre risas no para sorprender a sus amigos sino
para dejar que varios de ellos también se sinceren y expliquen de donde habían
obtenido sus billetes: “estos cincuenta pesos yo lo saqué de los brazos de San
Pantaleón” – comentó uno; “yo saqué este de cien de la trompa de un elefante” –
manifestó otro; “y yo tengo solo veinte pesos porque rompí una pirámide pero
después me di cuenta que las monedas que había adentro eran falsas” –
finalmente agregó un tercero.
Ya riéndose de las anécdotas,
los amigos se dirigieron a la heladería mientras que Julián se excusaba con que
luego le iría a devolver a Buda, lo que simplemente había tomado prestado:
“después de todo Buda debe tener gente en otras partes del mundo que le ponen
plata, no creo que ahora le haga falta lo mío” – concluyó. E ingresaron a la
heladería para ser atendido por una mal llevada mujer que les preguntó: “¿qué
quieren?”, como si era posible llegar a solicitarle otra cosa más que helados.
“Yo quiero uno de tres bochas”
– dijo Julián mientras sumaba las monedas en sus manos. “Dale mi vida que tengo
gente atrás esperando para pagar” – lo apuro la mujer que a los cinco segundos
le informó “nene, cuando juntes la plata te atiendo, ahora sigo con otros
clientes.” Así que Julián quedó a un costado juntando el valor que necesitaba
mientras que la mujer cobraba a otro cliente y les servía regateándoles
con las bochas más chiquitas del mundo. Finalmente Julián volvió a la
fila junto a sus amigos pero la mujer le dijo que ahora tenía que esperar que
pasaran todos para ser atendido nuevamente.
Cuando fue el turno de Julián,
la mujer primero le pidió el dinero y luego le tomó el pedido con su cara de
haber desayunado con limón: “por fin, nene. ¿De qué sabor?” – le preguntó.
Julián comenzó a mirar la pizarra y antes de decidirse, volvió a ser apurado
por la incómoda mirada de la vendedora: “¿Y? Dale nene.”
Para cuando todos salieron de
la heladería a probar sus minúsculos helados sentados en la vereda, comenzaron
a indignarse del mal trato que habían recibido de parte de la vendedora….
“encima re caros estos helados” – manifestó uno de ellos que rápidamente
atribuyó el mal momento con la mujer, a la sustracción que habían hecho en sus
respectivas casas. Los amigos intercambiaron sus miradas con un brote casi
espiritual y esotérico que envolvió la mesa: “Esa mujer no nos puede tratar
como nos trató” – concluyó Julián, “seguro es budista, cree en los elefantes o
es fanática de San Pantaleón. No nos queda otra que ir a la iglesia a pedir
perdón.”
La Posta Hoy - 24/01/2015
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