sábado, 24 de enero de 2015

LAS MONEDAS DE BUDA


Julián, de diez años, llegó de la pile de Unión pero ni bien se ubicó en el living de su casa recibió un watsapp de sus amigos invitándolo a encontrarse en breve, en el centro, para tomar un helado. No obstante el niño se encontraba con dos problemas: no estaban sus padres para pedirleS dinero y ya había consumido el presupuesto diario que le habían entregado comprándose previamente unas masitas surtidas y una gaseosa. Y tras observar los rincones y lugares donde tal vez pudo haber algún que otro billete extraviado, y sin resultado positivo, terminó por pararse frente a la pequeña imagen del Buda que yacía sentado sobre monedas en un modular.
“Buda jamás nos hará faltar el dinero en casa siempre que le pongamos monedas a su alrededor” – había informado a toda la familia, la mamá de Julián, el día que, tras pasar por una santería, trajo la imagen y la colocó en un humilde espacio del living. Incluso advirtió: “¡Y nadie tiene que robarle porque ciertamente le irá muy mal!” Pero, pese a las palabras de su madre, la situación lo apremiaba más a quien peleaba por la tentación de quitarle unas monedas al dios.
“Después te las devuelvo” – conversó Julián a Buda como si esperara un guiño de ojo de la otra parte diciéndole “dale, no hay drama, saca las que quieras”. Así que estiró sus manos y prácticamente arrasó con todas las monedas dejándolo a Buda sentado solamente sobre una moneda de veinticinco centavos. A un costado contabilizó $ 63 así que rápidamente se preparó para volver a salir de casa haciéndole una nueva y sencilla oración al dios: “¡para que veas que no soy malo, te dejé una!” Y se fue al centro en su cross cromada.
La primera parada de los amigos fue en la rampa cercana a la estación de trenes donde realizaron un par de acrobacias con sus bicis y ante la mirada de otros niños que se arrimaban al lugar. Pero Julián, que en otras oportunidades, había ostentado ser profesional en la materia hizo esa tarde una mala maniobra y terminó por caerse de la bicicleta provocando que todas las monedas se salieran de su bolsillo. Se incorporó rápidamente disimulando el golpe que había sufrido en su codo derecho y se apresuró a juntar las monedas ante la risa de sus compañeros.
Recogió las monedas que pudo extraviando un par que quedaron entre los altos pastos que hacían tres semanas no cortaba el municipio en el lugar. A un costado de la rampa, volvió a hacer cuentas y se quedó con $ 51; “yo le voy a devolver $ 51 a Buda porque lo otro me lo hizo perder él” – concluyó en sus pensamientos mientras sus allegados se acercaron a preguntarle el origen de tantas monedas juntas, como si fuera Mario Bross tras salir de una alcantarilla.
“Se las saqué al Buda de mi mamá” – les informó Julián entre risas no para sorprender a sus amigos sino para dejar que varios de ellos también se sinceren y expliquen de donde habían obtenido sus billetes: “estos cincuenta pesos yo lo saqué de los brazos de San Pantaleón” – comentó uno; “yo saqué este de cien de la trompa de un elefante” – manifestó otro; “y yo tengo solo veinte pesos porque rompí una pirámide pero después me di cuenta que las monedas que había adentro eran falsas” – finalmente agregó un tercero.
Ya riéndose de las anécdotas, los amigos se dirigieron a la heladería mientras que Julián se excusaba con que luego le iría a devolver a Buda, lo que simplemente había tomado prestado: “después de todo Buda debe tener gente en otras partes del mundo que le ponen plata, no creo que ahora le haga falta lo mío” – concluyó. E ingresaron a la heladería para ser atendido por una mal llevada mujer que les preguntó: “¿qué quieren?”, como si era posible llegar a solicitarle otra cosa más que helados.
“Yo quiero uno de tres bochas” – dijo Julián mientras sumaba las monedas en sus manos. “Dale mi vida que tengo gente atrás esperando para pagar” – lo apuro la mujer que a los cinco segundos le informó “nene, cuando juntes la plata te atiendo, ahora sigo con otros clientes.” Así que Julián quedó a un costado juntando el valor que necesitaba mientras que la mujer cobraba a otro cliente y les servía  regateándoles  con las bochas más chiquitas del mundo. Finalmente Julián volvió a la fila junto a sus amigos pero la mujer le dijo que ahora tenía que esperar que pasaran todos para ser atendido nuevamente.
Cuando fue el turno de Julián, la mujer primero le pidió el dinero y luego le tomó el pedido con su cara de haber desayunado con limón: “por fin, nene. ¿De qué sabor?” – le preguntó. Julián comenzó a mirar la pizarra y antes de decidirse, volvió a ser apurado por la incómoda mirada de la vendedora: “¿Y? Dale nene.”

Para cuando todos salieron de la heladería a probar sus minúsculos helados sentados en la vereda, comenzaron a indignarse del mal trato que habían recibido de parte de la vendedora…. “encima re caros estos helados” – manifestó uno de ellos que rápidamente atribuyó el mal momento con la mujer, a la sustracción que habían hecho en sus respectivas casas. Los amigos intercambiaron sus miradas con un brote casi espiritual y esotérico que envolvió la mesa: “Esa mujer no nos puede tratar como nos trató” – concluyó Julián, “seguro es budista, cree en los elefantes o es fanática de San Pantaleón. No nos queda otra que ir a la iglesia a pedir perdón.”

La Posta Hoy - 24/01/2015 

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